La inteligencia social nos enseña algo fascinante: somos seres diseñados para funcionar como parte de un colectivo. Al igual que los animales se movilizan en manadas siguiendo a un líder, nosotros tenemos «neuronas espejo» que nos hacen actuar en consecuencia del comportamiento de quienes nos rodean.
Esta realidad trae una gran responsabilidad. Nuestras acciones envían mensajes constantes a quienes interactúan con nosotros día a día. Aunque puede generar lo que Andrea de la Madeira llama «estrés del liderazgo», la satisfacción de saber que somos parte de un engranaje donde cada pieza es necesaria genera una auto-motivación inexplicable.
Cuando dejamos de lado el enfoque mezquino de «lo logré porque puedo y me lo merezco» y nos vemos como parte de un equipo que busca objetivos comunes, encontramos verdadera motivación. No solo para hacer nuestra parte, sino para apoyar a nuestros colegas a lograr la suya. El individualismo nos lleva a comparaciones enfermizas; el trabajo colectivo nos lleva al crecimiento mutuo.