Hoy es lunes y no voy a trabajar.
Es una frase sencilla, pero escribirla me produce una sensación extraña. Durante buena parte de mi vida, el lunes fue sinónimo de comenzar otra vez. Despertar temprano, revisar pendientes, responder mensajes, atender compromisos y poner en marcha esa maquinaria que parece detenerse únicamente cuando llega el viernes.
Hoy, sin embargo, he decidido que mis lunes serán diferentes.
No porque haya dejado de necesitar dinero, ni porque haya alcanzado alguna especie de independencia financiera. Mucho menos porque considere que trabajar los lunes sea algo de lo que haya que escapar. Simplemente, estoy intentando construir una vida en la que tenga mayor participación en las decisiones sobre mi propio tiempo.
Y llegar a esa decisión me ha costado bastante más que un lunes.
Hay cosas que uno aprende después de muchos años
Durante años entendí el crecimiento profesional como una sucesión de responsabilidades cada vez mayores. Más compromisos, más proyectos, mejores posiciones, más personas dependiendo de mis decisiones.
Y no reniego de nada de eso.
El trabajo me ha dado experiencias extraordinarias, conocimientos, relaciones y oportunidades que probablemente no habría conseguido de otra manera. He aprendido de personas brillantes, he cometido errores, he tenido aciertos y he desarrollado habilidades que hoy me permiten hacer cosas que antes parecían lejanas.
Pero también he aprendido algo que no siempre aparece en los libros de administración: crecer profesionalmente no necesariamente significa tener mayor control sobre tu vida.
A veces sucede exactamente lo contrario.
Mientras más responsabilidades asumimos, menos espacio dejamos para preguntarnos si todavía queremos lo mismo que queríamos cuando comenzamos.
Y esa pregunta merece una respuesta honesta.
El valor de saber cuándo retirarse
Hace un tiempo leí Quit: The Power of Knowing When to Walk Away, de Annie Duke. Es un libro que me ayudó a cuestionar una idea que tenemos profundamente arraigada: que perseverar siempre es una virtud y abandonar siempre representa una derrota.
Duke plantea algo mucho más interesante: saber cuándo dejar de insistir puede ser tan importante como saber perseverar.
Me hizo pensar en cuántas veces continuamos haciendo algo simplemente porque ya hemos invertido demasiado en ello. Años de esfuerzo, sacrificios, expectativas, prestigio o incluso el temor a lo que otros puedan pensar.
Nos cuesta abandonar un camino porque confundimos el tiempo que hemos invertido con la obligación de seguir recorriéndolo.
Pero el esfuerzo pasado no debería convertirse en una condena futura.
Eso no significa renunciar ante la primera dificultad. Significa aprender a distinguir entre las dificultades que vale la pena superar y aquellas que nos están alejando de lo que verdaderamente queremos construir.
A veces hay que insistir. Otras veces hay que cambiar de dirección.
Y ambas decisiones requieren valentía.
La libertad también necesita cimientos
Sería irresponsable decirle a alguien que simplemente renuncie a su trabajo, emprenda un negocio y comience a disfrutar de su tiempo.
Las cosas no funcionan así.
Las obligaciones económicas existen. Las familias dependen de ingresos. Hay compromisos que no desaparecen porque un día decidamos vivir de otra manera.
Por eso creo que la libertad de elegir no comienza cuando finalmente podemos decir que no. Comienza mucho antes, cuando empezamos a construir las condiciones que algún día nos permitirán hacerlo.
Aprender un oficio. Desarrollar habilidades. Cultivar relaciones profesionales. Administrar mejor nuestros recursos. Ganar experiencia. Construir una reputación. Diversificar nuestras capacidades.
Nada de eso garantiza el éxito, pero amplía nuestras posibilidades.
Y las posibilidades son importantes porque, mientras menos alternativas tenemos, más decisiones terminamos tomando por necesidad y no por convicción.
El verdadero valor de prepararnos no está solamente en conseguir mejores oportunidades, sino también en poder rechazar aquellas que ya no encajan con nuestra vida.
Esa capacidad no suele aparecer de la noche a la mañana. Se construye durante años, muchas veces sin que nos demos cuenta.
No se trata de trabajar menos por trabajar menos
Hay algo que he descubierto en esta nueva etapa: puedo disfrutar profundamente de mi trabajo y, al mismo tiempo, querer que ocupe menos espacio en mi vida.
Me encanta enseñar, crear, diseñar estrategias, aprender cosas nuevas y participar en proyectos que me entusiasman. No estoy buscando una vida sin trabajo.
Estoy buscando una vida en la que el trabajo tenga su lugar.
Quiero poder dedicar una mañana a leer sin sentir que estoy desperdiciando horas productivas. Ver una película sin pensar constantemente en lo que tengo pendiente. Viajar, conversar, disfrutar de mi familia o simplemente no hacer nada.
Y quiero hacerlo sin que todo lo que he construido tenga que detenerse por completo.
Todavía estoy trabajando para lograr ese equilibrio. Hay incertidumbres, responsabilidades y preocupaciones que siguen presentes. No he llegado a una meta definitiva ni pretendo presentar mi situación como un modelo que otros deban imitar.
Pero hay decisiones que uno no puede seguir posponiendo hasta que todas las condiciones sean perfectas.
Porque quizás nunca lo sean.
Un lunes cualquiera
Hoy es lunes.
Tal vez lea un poco. Quizás salga a dar una vuelta, escuche música, vea una película o simplemente me quede en casa.
No tengo un gran plan.
Y posiblemente eso sea lo que más me gusta de la idea.
Durante mucho tiempo aprendí a organizar mis días alrededor de lo que tenía que hacer. Ahora estoy aprendiendo a reservar también espacios para lo que quiero hacer.
No sé si dentro de algunos años seguiré descansando los lunes. Las circunstancias cambian y nosotros también.
Lo importante no es el día de la semana.
Lo importante es haber comenzado a tomar decisiones más conscientes sobre la manera en que quiero vivir.
Porque, al final, todos somos en alguna medida el resultado de nuestras decisiones, de nuestras circunstancias y de las oportunidades que hemos tenido. No controlamos todo lo que nos sucede, pero sí podemos trabajar para ampliar el margen de acción que tendremos mañana.
Y si hoy nuestra realidad está lejos de la que deseamos, quizás la pregunta no sea únicamente cuándo llegará el cambio, sino qué estamos haciendo para construirlo.
No basta con soñar una vida diferente. Hay que prepararse para sostenerla.
A veces eso exige trabajar más. Aprender algo nuevo. Ahorrar. Empezar de cero. Renunciar a una oportunidad atractiva. O reconocer, como aprendí leyendo a Annie Duke, que ha llegado el momento de abandonar un camino para poder recorrer otro.
Porque una de las mejores recompensas de todo lo que trabajamos durante nuestra vida debería ser, precisamente, tener cada vez más libertad para decidir cómo vivirla.
Y hoy, por lo pronto, es lunes.
No voy a trabajar.