Hay algo que me llama profundamente la atención cada vez que entro a las redes sociales. Basta con que alguien publique un video generado con inteligencia artificial para que aparezcan comentarios como: «Eso es IA», «Ya nada es real», «Qué falsedad» o «Ahora cualquiera hace eso».
Y he observado que algunas de esas reacciones vienen de personas de mi generación, los millennials.
Entonces me hice una pregunta: ¿por qué nos molesta tanto el contenido creado con inteligencia artificial, si precisamente somos la generación que creció viendo cómo la tecnología transformaba todo?
Porque hay algo curioso en esta contradicción.
Somos los que conocimos las cámaras de rollo y después las digitales. Los que grabábamos música en casetes y luego descubrimos los MP3. Los que pasamos de los teléfonos convencionales a los smartphones, de los periódicos impresos a las noticias digitales y de los álbumes familiares a Facebook e Instagram.
Somos, en muchos sentidos, la generación de la transición tecnológica.
Sin embargo, cuando aparece una tecnología capaz de producir en segundos lo que antes requería horas de trabajo, una parte de nosotros parece sentir que algo importante se está perdiendo.
Creo que vale la pena entender por qué.
Nos enseñaron que lo difícil tenía más valor
Yo comencé a trabajar con herramientas multimedia cuando existían programas como Macromedia Flash, Dreamweaver, FreeHand y CorelDRAW. Viví la evolución de Photoshop, la adquisición de Macromedia por Adobe y la transformación de toda una industria creativa.
Para producir una imagen profesional había que aprender herramientas, comprender formatos, manejar capas, trabajar la composición y dedicar tiempo a perfeccionar los detalles.
Y para editar un video, ni hablar.
Aprender una herramienta podía tomar meses. Dominarla, años.
En ese contexto construimos una idea muy arraigada: cuanto mayor era la dificultad técnica, mayor parecía ser el mérito de quien lograba superarla.
Hoy una persona puede describir una escena con palabras y obtener una imagen extraordinaria sin haber aprendido fotografía, iluminación o edición.
¿Significa eso que la imagen tiene menos valor?
No necesariamente.
Pero nuestro cerebro puede interpretarlo así.
Una investigación publicada en 2024 en Computers in Human Behavior: Artificial Humans encontró que las personas tendían a valorar menos una obra visual cuando sabían que había sido creada con ayuda de IA, incluso si la imagen presentada era exactamente la misma. Entre las razones estaban la percepción de menor esfuerzo y de menor autenticidad.
Es decir, no siempre rechazamos lo que vemos. A veces rechazamos la idea de que producirlo haya sido demasiado fácil.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos valorando realmente la calidad de una creación o el sufrimiento y el tiempo que imaginamos detrás de ella?
La autenticidad se convirtió en una preocupación
Durante gran parte de nuestra vida, una fotografía representaba algo que había ocurrido frente a una cámara.
Sabíamos que existían los montajes y las manipulaciones digitales. Pero producir una falsificación convincente requería cierta destreza.
La inteligencia artificial generativa cambió esa relación.
Ahora podemos ver personas que nunca existieron, escuchar voces que no pronunciaron esas palabras y observar acontecimientos que jamás sucedieron.
Y todo puede parecer absolutamente real.
Esto afecta algo mucho más profundo que nuestra apreciación artística: nuestra confianza en lo que consumimos.
Según una investigación del Pew Research Center publicada en septiembre de 2025, los estadounidenses consideraban importante poder distinguir los contenidos creados por humanos de aquellos generados con IA, aunque muchos desconfiaban de su propia capacidad para identificarlos.
Por eso considero que algunas críticas tienen una justificación perfectamente válida.
Una cosa es crear un video ficticio utilizando inteligencia artificial y presentarlo como entretenimiento. Otra muy distinta es producir una escena falsa y hacerla pasar por un acontecimiento real.
El problema no es que algo sea artificial. El problema comienza cuando pretende engañarnos.
Quizás estamos cansados de la mala IA, no de la inteligencia artificial
Existe un término que ha ganado popularidad en internet: AI slop.
Se utiliza para describir contenido generado masivamente con inteligencia artificial, muchas veces repetitivo, superficial o diseñado únicamente para conseguir visualizaciones.
Videos con narraciones exageradas, imágenes absurdas, historias inventadas, personajes con movimientos poco naturales y publicaciones que parecen salidas de la misma plantilla.
Este fenómeno ha contribuido a que algunas personas desarrollen rechazo casi automático a cualquier contenido que parezca generado con IA.
Pero aquí debemos distinguir dos cosas.
Una es utilizar inteligencia artificial para producir una obra cuidadosamente dirigida, con intención, criterio y calidad.
Otra es generar cien videos mediocres para inundar las redes sociales.
No son equivalentes.
De hecho, algo parecido ocurrió anteriormente con otras tecnologías.
Cuando se popularizaron las cámaras digitales, no todas las fotografías eran buenas. Cuando cualquiera pudo editar videos desde su teléfono, no todos se convirtieron en buenos productores audiovisuales.
La facilidad de acceso nunca ha garantizado la calidad.
Y con la inteligencia artificial está ocurriendo exactamente lo mismo, pero a una escala mucho mayor.
¿Nos molesta que alguien pueda hacer fácilmente lo que nos costó años aprender?
Esta es probablemente la parte más incómoda de mi reflexión.
Durante mucho tiempo, dominar determinadas herramientas significaba poseer conocimientos que no estaban al alcance de cualquiera.
Un diseñador sabía diseñar. Un fotógrafo dominaba su cámara. Un editor conocía las técnicas de montaje.
Esas habilidades tenían valor profesional y también formaban parte de nuestra identidad.
Ahora alguien sin formación técnica puede obtener resultados visualmente impresionantes utilizando herramientas generativas.
Y eso puede producir una sensación de desplazamiento.
No significa que todos los profesionales creativos rechacen la IA por sentirse amenazados. Existen preocupaciones legítimas sobre derechos de autor, remuneración, consentimiento y sustitución laboral.
Pero también debemos reconocer que las nuevas herramientas están modificando las barreras de entrada a determinadas actividades.
La inteligencia artificial no convierte automáticamente a cualquier persona en un buen creativo. Sin embargo, sí permite que personas con buenas ideas, pero limitaciones técnicas, puedan materializar proyectos que antes les resultaban inaccesibles.
Aquí está, para mí, uno de los grandes cambios.
Antes, saber ejecutar una idea era una ventaja enorme. Ahora, tener una buena idea, saber dirigir su ejecución y evaluar el resultado adquiere todavía más importancia.
No desaparece el conocimiento técnico. Cambia su papel dentro del proceso creativo.
Y resulta que los millennials no somos los más críticos
Hay un dato que me hizo reconsiderar mi propia pregunta.
En enero de 2026, el Interactive Advertising Bureau (IAB), junto con Sonata Insights, publicó una investigación sobre cómo perciben los consumidores jóvenes los anuncios generados con inteligencia artificial.
Los resultados mostraron que el 39 % de los participantes de la generación Z tenía una percepción negativa de este tipo de publicidad, frente al 20 % de los millennials.
Es decir, en esa investigación, los más jóvenes mostraron casi el doble de rechazo.
Conviene aclarar que el estudio se realizó en Estados Unidos y examinó publicidad generada con IA, no todas las modalidades de creación artificial. Por tanto, no podemos trasladar automáticamente esos porcentajes a la población dominicana.
Pero el hallazgo cuestiona una idea importante: que el rechazo a la IA sea necesariamente una cuestión de edad.
Quizás estamos ante un fenómeno cultural mucho más complejo.
Un millennial puede valorar el esfuerzo y la destreza técnica. Mientras tanto, alguien de la generación Z puede rechazar una imagen artificial porque considera que carece de autenticidad.
Son motivaciones distintas que pueden conducir a una misma reacción.
No todo lo generado con IA carece de intervención humana
Aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental.
Existe la percepción de que utilizar inteligencia artificial equivale simplemente a presionar un botón y recibir un resultado.
Y aunque en ocasiones pueda ocurrir algo parecido, reducir todo el proceso creativo a esa acción es desconocer lo que implica trabajar seriamente con estas herramientas.
Una persona puede utilizar IA para investigar referencias, desarrollar conceptos, experimentar con composiciones, generar versiones, corregir detalles y construir una pieza final.
Detrás de ese proceso puede haber decisiones estéticas, conocimientos técnicos, experiencia y horas de trabajo.
He trabajado con herramientas tradicionales de diseño durante años y hoy utilizo inteligencia artificial en distintos proyectos. Esa experiencia me permite apreciar tanto sus posibilidades como sus limitaciones.
También he rechazado resultados generados con IA porque no respetaban una identidad visual, alteraban elementos importantes o simplemente no cumplían con la calidad que esperaba.
Porque utilizar inteligencia artificial no significa renunciar al criterio profesional.
La IA puede producir una imagen. Pero decidir si esa imagen comunica correctamente una idea sigue siendo una responsabilidad humana.
Y esa diferencia me parece esencial.
El verdadero conflicto puede estar en nuestra relación con el mérito
Creo que la inteligencia artificial está obligándonos a revisar una creencia que llevamos décadas construyendo.
Aprendimos a asociar el valor de una obra con el esfuerzo necesario para producirla.
Pero ¿qué sucede cuando la tecnología reduce drásticamente ese esfuerzo?
¿Desaparece el valor de la obra?
Pensemos en una calculadora.
No consideramos menos válido un resultado matemático simplemente porque alguien utilizó una calculadora. Sin embargo, sí esperamos que esa persona comprenda qué está calculando y cómo interpretar los resultados.
Con la inteligencia artificial creativa puede ocurrir algo semejante, aunque una obra artística tenga dimensiones emocionales y culturales que no se reducen a una operación matemática.
La herramienta puede facilitar la ejecución. Pero no necesariamente proporciona una intención valiosa, sensibilidad, contexto o buen juicio.
Y tampoco debemos caer en el extremo contrario: pensar que cualquier resultado generado con IA merece reconocimiento artístico simplemente porque detrás hubo una instrucción escrita por una persona.
El criterio debe permanecer.
La calidad debe permanecer.
La responsabilidad debe permanecer.
Lo que probablemente tendremos que reconsiderar es nuestra manera de medir el esfuerzo y reconocer la autoría.
Entonces, ¿por qué nos molestan tanto esos videos?
Después de reflexionar sobre el tema, creo que no existe una sola respuesta.
A algunas personas les preocupa que ya no podamos distinguir lo real de lo ficticio. Otras están cansadas de la saturación de contenido artificial de baja calidad. Algunas sienten que se está perdiendo el reconocimiento del trabajo creativo y otras simplemente prefieren contenidos donde puedan percibir una experiencia humana genuina.
Todas esas preocupaciones merecen ser escuchadas.
Lo que no me parece razonable es asumir que un contenido carece de valor únicamente porque se utilizó inteligencia artificial para producirlo.
Eso sería juzgar la herramienta antes de examinar el resultado.
Y también sería ignorar que llevamos décadas utilizando tecnologías que automatizan partes del proceso creativo.
La diferencia es que ahora la automatización ha alcanzado actividades que considerábamos profundamente humanas.
No se trata solamente de editar una fotografía o aplicar un filtro.
Se trata de generar imágenes, narraciones, música, voces y escenas completas.
Y naturalmente eso nos obliga a replantearnos muchas cosas.
La creatividad no termina donde comienza la inteligencia artificial
No creo que debamos aceptar indiscriminadamente todo lo que se produce con IA. Tampoco considero que debamos rechazarlo automáticamente.
Creo que estamos atravesando una transformación cultural en la que tendremos que aprender a distinguir mejor entre una herramienta, el uso que hacemos de ella y la calidad del resultado.
A mi generación le tocó aprender a vivir entre dos mundos: el analógico y el digital.
Ahora nos corresponde comprender un tercero, en el que las máquinas pueden participar de manera mucho más activa en procesos que antes asociábamos exclusivamente con la inteligencia y la creatividad humanas.
Y quizás el mayor desafío no sea aprender a generar imágenes o videos con inteligencia artificial.
Quizás sea aprender a valorar nuevamente lo que realmente importa.
La intención detrás de una creación. La capacidad de comunicar. El pensamiento crítico. La originalidad. La responsabilidad con lo que publicamos.
Porque producir contenido será cada vez más fácil.
Producir contenido que realmente valga la pena seguirá siendo un desafío.
Y esa, más que una defensa de la inteligencia artificial, es una defensa del criterio humano.
Referencias
- IAB y Sonata Insights (2026). The AI Ad Gap Widens.
- Pew Research Center (2025). How Americans View AI and Its Impact on People and Society.
- Computers in Human Behavior: Artificial Humans (2024). Co-creating art with generative artificial intelligence: Implications for artworks and artists.
Andrés Del Rosario
Inteligencia artificial aplicada, marketing y transformación digital.
andresdelrosario.com